Foto panorámica en blanco y negro de una playa abierta, con el mar agitado y bañistas en la orilla. Es un día soleado

Incluso allí

Cuando mi misma yo quiso, cambió el proceso lineal y temporal del viaje sobre mis recuerdos, propiciando un nuevo e inquietante universo de ensueño en el que contaba con la absoluta libertad de saltar entre cajitas de memorias sin condicionante alguno. Y en aquella maraña sin sentido podía atravesar cualquier temor amenazante y regresar adonde se me antojase y me sintiese feliz. Adonde se me antojase. Incluso allí…

Alter ego

Permíteme que dé un sorbo a mi botella de agua y enseguida te explico.

No, no estoy buscando el suspense, ni siquiera otorgarme notoriedad o provocar uno de esos silencios que generan urgencia. No es casual el sorbo de agua. Es, por el contrario, uno de los hechos más representativos de mi extraña vida. ¿Un sorbo de agua? Qué aburrido, ¿verdad? Si eso es lo más interesante que encontrarás en el relato de mi historia, ¿para qué perder el tiempo?, te preguntarás. Pues quizás porque no sabes los incontables sorbos que bebo al día, una media de 8 litros. Porque desconoces que vivo en una constante deshidratación que me arrastra a ello. Porque ni por asomo te imaginas el origen de este hecho y las peripecias que mi peculiar situación me ha llevado a vivir.

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Me veía bonita

Me puse guapa. Me vestí con mis más inocentes esperanzas e infantiles ilusiones. Como pretendiendo que el tiempo hubiese perdido su entidad. Como doblegando el espacio sobre sí mismo. Como trazando el círculo inverso hacia aquel lejano punto ya casi imperceptible. Me veía bonita mientras depositaba sedosos pétalos rojos a la izquierda en mi pecho, sonriendo a sus delicadas cosquillas. Me abrazaba por dentro.

Me senté a esperar en aquel banco. Sentía, con gusto, mecerse mis pequeñas alas. Mis ojos fijos en el índice de mi mano derecha, donde cuidadosamente había anudado el hilo. Sujetaba esta con la izquierda, en mi regazo, ambos pies en el suelo, y sonreía. Volaron los pétalos con el primer tirón. Lo sentí en mi dedo, y mi mirada se fue a buscar el otro extremo. Un algo, una sombra, una silueta, una persona, una certeza, una ilusión, un error, una verdad… y todo se esfumó.

Ni banco, ni alas, ni hilo, ni siquiera suelo. Y un vacío que comenzaba a antojárseme eterno…

Las gentes antiguas

No entendía aquella repentina, inexplicable e involuntaria fijación por las imágenes antiguas. Más allá de mi casi enfermiza nostalgia, no había razón alguna que diese respuesta a mi desaforado interés por viajar a aquellos escenarios del pasado, calles a medio construir, edificaciones ya inexistentes, aquellos rostros antiguos con sus extrañas vestimentas, algunos mirando a la cámara, otros sonriendo, otros totalmente ajenos a la escena y al flash que la inmortalizaba. Buscaba entre sus ojos una confirmación de que un tiempo atrás habían existido, habían pisado las calles que yo pisaba entonces; visto los paisajes que yo contemplaría muchos años después, ya transformados; una confirmación de que habían podido sentir las mismas alegrías, similares miedos, angustias variadas… Me gustaba ir al detalle de los carteles, de los solares donde ahora se levantaban edificios, monumentos; a las chimeneas que aún seguían en pie, aunque ya sin humo.  Sigue leyendo