Prólogo

– Oficialmente mojada.

Le informo. E inmediatamente giro la cabeza para observar la hermosa vista que nos ofrece el mirador. Nos esforzamos durante días en encontrar algún escondite urbano, pero finalmente optamos por exponernos en el punto más alto de la ciudad. Allí, en pie, me quedo un segundo observando al infinito y utilizo la poca sangre que me riega la cabeza para reflexionar. A estas alturas -de tiempo, no de altitud- ya me he acostumbrado al permanente estado de humectación que me produce. Muevo ligeramente la cadera para que mis labios se acomoden y lo verifico: lubricación absoluta. No entiendo cómo lo hace. O sí, puro instinto animal, supongo. AG rules.

Vuelvo la vista y la clavo directamente en su pecho. Dudo de mi capacidad para mirarle a los ojos, porque si lo hago me habré rendido, y en estos momentos mi objetivo es permanecer serena. “Estoy ñoñita, estoy ñoñita, estoy ñoñita…” me repito, como un mantra, intentando recuperar el poco romanticismo que mi latente deseo sexual ha dejado en pie. Pero es imposible. Cierro los ojos, lleno los pulmones de ese aire fresco que me regala el bosque autóctono y antes de que pueda soltar un suspiro ya me tiene presa. Sus manos en mis caderas, mi cuerpo pegado al suyo y mi corazón saltando ladera abajo. Ya no hay riego en la cabeza ni voluntad posible. Dirijo mis pupilas a la marca bordada en la tela de su polo negro, y enseguida levanto la vista, como un resorte, para verle la cara. Estoy paralizada de cuerpo para fuera. Piel adentro, algún tipo de revolución interna concentrada bajo mi ombligo amenaza con ponerme a bailar descontroladamente. Hace rato que tengo el útero en modo rave pero yo sigo inmóvil, en parte porque su pecho ata mis brazos contra mi cuerpo y no me deja más libertad que la de dirigir mis ojos. Lo hago, como en un movimiento reflejo, y apunto a los suyos. Oh, no. Los ha puesto pequeñitos, sabe lo mucho que me excita que lo haga. Ha abierto su cola de plumas multicolor y se está pavoneando ante mí, atrayéndome hacia él.

Estoy perdida en sus pupilas. Ni los cristales de sus gafas ni los de las mías consiguen filtrar la energía que, como un fino hilo de luz, circula entre nosotros y une nuestras miradas. Por un momento puedo sentir de nuevo un golpe de romanticismo y creo escuchar los violines en lo alto de alguno de esos carballos que nos vigilan. “Bien, va a besarme”, me digo, triunfal. Analizo el movimiento de su boca y entonces me percato de mi error. No, no va a ser un beso. Va a hacer algo aún mejor. Me revuelvo en mis pantalones notando de nuevo la lubricación extrema. ¿Habré eyaculado? Contemplo fijamente su boca y puedo notar cómo la lengua empieza ya a jugar detrás de sus apretados labios. Cuando los separa, yo me preparo. Y la sola expectativa de lo que viene me dirige hacia un estado de inminente combustión. Me fallan las piernas. Tengo suerte de estar aún presa, porque a estas alturas pienso que no son mis pies sino sus fuertes y grandes brazos anclados en mis caderas los que sujetan mi peso. Separa los labios con un gesto lascivo y yo me ladeo y abro la boca, sedienta de él. Lo quiero, lo quiero ya. Y sí, lo va a hacer. Me regala una media sonrisa y yo le correspondo. Aprieta sus manos bajo mi cintura, mis labios lo notan, mi boca también y toda yo me estremezco. Le digo que sí con la cabeza para que ponga fin a la tortura y entonces sucede. Escupe su saliva enérgicamente dentro de mi boca. Yo la recibo con ansia. Caliente, deliciosa, dulce y muy animal. Sabe a él.

Ya está. Nos estamos besando como de costumbre, porque no hacerlo nos resulta imposible. Nuestras lenguas mantienen un perfecto ritmo acompasado mientras dibujan círculos en ese nuevo espacio creado por la unión de las bocas. Me dejo ir, irremediablemente, mientras mi cuerpo empieza a trazar esas mismas formas rozando de manera intermitente la cremallera de su pantalón y la erección que ya no esconde. Es inmenso el deseo que siento por él, así que mi racionalidad se hace a un lado y me deja ser animal, rendirme al impulso de mis instintos más básicos. Me pego más a él, aún a riesgo de atravesarlo, y tengo esa extraña sensación de que la ropa se ha evaporado. Puedo notar el calor de su piel junto a la mía y se me antoja que si avanzo un segundo más nos fundiremos en un único cuerpo. Si es que no lo somos ya.

– ¡No! ¡Para!

Consigo despegarme de un salto y casi siento cómo se desgarra mi piel al separarse de la suya. Me alejo, doblo el cuerpo con las manos agarradas al estómago y dibujo formas sin sentido con mis pies. Intento mantener la calma, recuperar la cabeza, volver al modo racional censurado por sus besos y situarme de nuevo en el punto de partida, en la razón por la que lo he hecho subir una vez más a nuestro escondite en las alturas. Escucho algún coche pasar a nuestras espaldas pero no hago caso. No intento disimular ni agachar el rostro, como acostumbro hacer, bastante tengo con no sucumbir al mareo y mantenerme en pie, luchando sin éxito contra el vértigo. 

Cuando me parece que mi cabeza ya roza el suelo, se acerca a mí y extiende un brazo para recuperarme, pero yo lo freno abriendo mi mano derecha con toda la firmeza que mi flaqueza me permite. No. No. No. Tengo que buscar mi racionalidad allá donde se haya escapado, enfriar la mente y recuperar el sentido, el equilibrio, mi centro de gravedad. Tenemos que hablar, y no podré hacerlo con su saliva bailando en mi boca.

– ¡No! Así no puedo, no puedo…

Me mira fijamente, paralizado, serio. Hermoso. Y es cierto, no puedo. Lo amo, lo deseo, lo necesito. Es mi AG. ¿Entonces qué? Busco una respuesta urgente a una pregunta que ni siquiera soy capaz de formular. Nos hemos construido nuestra propia realidad distorsionada a modo de fortaleza de seguridad paralela. Puede que a Jobs le funcionara. Pero a mí me está volviendo loca. Feliz y placenteramente loca. Y es cierto, no puedo. ¿Entonces qué?

Busco una respuesta urgente a una pregunta que ni siquiera soy capaz de formular. Nos hemos construido nuestra propia realidad distorsionada a modo de fortaleza de seguridad paralela

Consigo incorporarme, no sin esfuerzo, y vuelvo a enfocar a la ciudad, que me parece estar analizando, en silencio, como el público de un concierto cuyo cantante se ha quedado sin voz. Se ve quieta y muda, esperando que me pronuncie, y eso hace crecer la presión en mi pecho ya de por sí apretado. Siento que la cabeza me va a estallar, así que cierro los ojos e intento respirar, ignorando por un momento a ese hombre que sigue en pie, inmóvil, a mis espaldas. Levanto los brazos, como desperezándome, y coloco las manos tras la nuca. El movimiento levanta mi camiseta de rallas moradas dejando que el aire pase hacia mi ombligo, por encima del cinturón, y me dé un leve alivio, pues siento que puedo respirar a través de la piel, noto que la brisa fresca se cuela por cada uno de mis poros, dilatados por la ira, oxigenando mis oxidadas venas.

Cuando quiero darme cuenta, ya tengo sus manos en mi cintura y su erección llamando a las puertas de mi trasero. ¿Es que no se le baja nunca? Reculo en mi pensamiento, no soy yo quién de recriminarle su excitación. Tengo el tanga empapado y este nuevo contacto ha reabierto el circuito eléctrico de mi útero, que se ha pasado los últimos minutos bailando las lentas y ahora pide con sus movimientos espasmódicos algún tema de David Guetta. Sus manos grandes y fuertes acarician mi abdomen lenta pero intensamente. Me alegro de haber hecho abdominales estos últimos meses. Aún así, los aprieto para endurecerlos. Yo también sé cómo atusar mis plumas multicolores.

Ya no recuerdo de qué hablábamos. El riego de mi cerebro ha hecho mutis por el foro y se ha bajado a los sótanos del teatro, a mi verdadero centro de gravedad. Ahí está mi equilibrio, el punto que me une a la tierra y a él. Sus manos siguen palpando y aquella brisa fresca de mi ombligo se ha disipado. Percibo de nuevo el fuego, que sube hacia mi pecho al mismo tiempo que sus dedos ascienden el mismo camino bajo mi camiseta. Me siento bien, muy bien. Esto es lo que quiero. Esto sí, sí puedo. No quiero hablar, ni siquiera abrir los ojos. Deseo sentir cada uno de los toques de su piel sobre la mía y así permanezco, mientras me rodea la cintura por ambos lados y casi puede tocarse las puntas de sus propios dedos. Soy una muñeca en sus manos. Me maneja a su antojo y sabe que me encanta. Coge fuerza y despega mis pies del suelo, pillándome desprevenida y obligándome a echar mis manos a sus brazos y abrir los ojos. Me ciega la claridad. Me gira para que le mire. Volvemos a estar pegados, ropa evaporada y un único traje de piel compartida. Me cuesta verlo en un primer momento, pero cuando mis pupilas consiguen adaptarse para recuperar su forma original me encuentro con esa sonrisa lasciva que me pierde. No puedo hacer nada. Perdí la voluntad en algún momento del giro y soy suya de nuevo. Acerca su boca a la mía y la desvía inmediatamente hacia mi pelo. Lo aparta con su nariz y me susurra algo que me estremece y me descontrola. Le regalo media sonrisa como respuesta a su invitación y activo mi modo juguetona. 

– Oh! Pero qué poco apropiado, profesor…