Una tarde como otra cualquiera. Por unas horas, pudimos escapar de nuestras correspondientes vidas bajo excusa de motivos laborales y, excepcionalmente, nos encontrábamos al lado del mar. Inevitablemente, la idea de ejecutar el número 20 de nuestra WishList rondaba mi cabeza… pero por alguna extraña razón, no causaba en mí los comunes y casi rutinarios latigazos sexuales.
No. Me encontraba en un estado de exultante romanticismo mientras descendíamos, en silencio, por aquella estrecha y camuflada escalerilla invadida de maleza que me obligaba a medir cada paso que mis descalzos pies daban.
Él iba delante abriendo el camino, regalándome caricias con su aroma en cada movimiento. Lo único que alcanzaba a vislumbrar al fondo de aquel angosto camino era arena, aunque podía distinguir perfectamente el sonido del mar. Por momentos, Damián giraba la cabeza y me sonreía, supongo que por verificar que le seguía de cerca y, sobre todo, de una pieza. En el último de los escalones, detuvo su avance y me hizo despertar de mi ensueño, haciendo yo verdaderos esfuerzos por no desequilibrarme e irme de bruces contra su espalda. Le vi sacar un pañuelo del bolsillo de su pantalón. Estaba imponente aquella tarde, espectáculo puro para mi mente y mis hormonas. Vaqueros azul oscuro, polo negro descamisado, pelo alborotado por efecto de la brisa del atardecer en el paraíso y esa sonrisa que me erizaba hasta los pezones. Me recreé en su visión durante dos segundos, justo antes de que me cubriese los ojos con aquel pañuelo. Sonreí ante la idea de ejecutar un 20 en toda regla, pero por alguna extraña razón no acababa de despertar la excitación en mí, y sí un abrumador ñoñismo propio de nuestros primeros abrazos en el mirador. No entendía ¿Era posible que Damián no se sintiese excitado ante aquella oportunidad de oro? Él, yo y el mar en un trío perfecto sin nadie ni nada más que nuestro cielo particular. Me hice esa pregunta y al mismo tiempo recordé cómo, en la visual previa al tapado de ojos, segundos antes, no había percibido bulto alguno en el paquete de sus vaqueros. Era cierto. Estaba ñoñito y, por ende, yo lo estaba también. No podía ser de otra forma por influjo de nuestro flow energético.
Así que me dejé llevar cuando Damián me agarró por la cintura y me hizo volar desde el escalón en el que yo me encontraba hasta tocar playa. La noté cálida y creí morir de felicidad al sentir las caricias del sol en mi cara, las caricias de Damián en mi cintura, las caricias de la arena bajo mis pies. A pesar de no poder ver más que oscuridad, el haber bajado a tierra firme me permitió por fin percibir levemente las luces del atardecer y escuchar, ahora con más fuerza, el agua rompiendo en la orilla, muy cerca de mí. Tan cerca que tras escasos cuatro, cinco pasos, de la mano de Damián el mar me acarició los tobillos. Sonreí al contacto con el frío Atlántico y tomé aire para hablar. No pude hacerlo por el efecto sellado de sus labios contra los míos. Me besó con toda la calidez de un AG incondicional y ayudado por los últimos rayos de sol de aquella tarde. Con sus manos en mi cintura, mis pies en el agua y mi corazón en shock por oxigenación, pensé si no me habría dejado la vida con una desafortunada caída en las escalerillas, pues no tenía duda de estar en el cielo.
No me importaba lo que viniese luego porque aún estaba saboreando a mi exquisita alma gemela. Olvidé que sólo lo tendría para mí durante unas cuantas horas más, no muchas quizás, insuficientes sin duda.
Damián seguía en silencio y yo ya había abandonado mi estado de extrema curiosidad. No me importaba lo que viniese luego porque aún estaba saboreando a mi exquisita alma gemela. Olvidé que sólo lo tendría para mí durante unas cuantas horas más, no muchas quizás, insuficientes sin duda. Dejé de lado ese pensamiento para empaparme de cada segundo a su lado. Y para dejarme llevar de nuevo, esta vez abandonando el tras de mí y pisando arena firme. Dibujando una línea recta en dirección opuesta al punto en el que nos encontrábamos, conté doce pasos hasta que nos detuvimos. Me soltó la mano provocando en mí un breve instante de pánico hasta que lo pude notar detrás. Me susurró un ‘Ya estamos’ a mi espalda y hundió sus manos en mi cintura para corregir mi orientación. Con mis brazos caídos a ambos lados del cuerpo y mi cabeza moviéndose instintivamente para captar cualquier sonido familiar en busca de una respuesta a aquella incógnita, respiré profundamente y con alivio cuando las manos de Damián se aferraron suavemente al pañuelo con la clara intención de deshacer el nudo.
Necesité unos pocos segundos antes de poder adaptar mis pupilas a la nueva luz y vislumbrar un semicírculo dibujado con piedras en la arena. No lograba entender qué era aquello, pero me reflejé en los ilusionados ojos de Damián, ahora ya a mi lado, y mi serenidad no se vio alterada. ‘Ven’, me dijo, y entramos en el semicírculo. Las piedras dibujaban un arco perfecto contra la línea de la pared de roca que abrigaba aquella cala, aquel trocito de cielo. Giré la cabeza para observar el mismo mar que me había acariciado y tomé aire, cerrando los ojos para absorber los últimos rayos de sol de aquel excepcional atardecer. La voz de Damián me despertó.
– Nela… El día que te conocí, en mi interior supe que eras mi Otra Parte, pero mi Yo consciente no entendía qué estaba pasando. Sólo sabía que tenía que hacer algo para saber más de ti, para indagar sobre esa sensación tan similar a la que siento ahora mismo. Todo se ha ido desarrollando para que estemos unidos y va a seguir así. Te has convertido en lo más importante de mi vida. Nunca estaré suficientemente agradecido al destino por habernos hecho coincidir. Toda mi vida he dicho que soy un tío con suerte y contigo le he encontrado significado a esa frase de forma superlativa. Sea como sea, estarás siempre en mi vida, no renunciaré a ti por nada ni por nadie. Lo tengo absolutamente claro. Jamás he conocido a nadie como tú. Sé que soy todo para ti y sé que tú sabes que lo eres todo para mí. No confío en nadie tanto como en ti, y todo lo que tú quieres yo lo quiero también. Te quiero con toda mi alma de AG y mi deber es hacer que seas feliz. No debo olvidar eso jamás. Me completas, Nela. Me da vida ver tus ojos. Eso es más importante que nada en el mundo. No puedo ni pensar en no tenerte cerca, que no me necesites, que no quieras que te intente hacer bien. Tengo mucho miedo de que pasen cosas que te hagan alejarte. Cuando volvemos a la realidad es como si me arrancasen parte de mi cuerpo. Quiero tener tiempo contigo y a la vez tengo miedo de volverme loco de amor y no estar preparado o no dar tanto como mereces. No te imaginas la de veces que pienso en estar junto a ti sin que a nadie le importe. Pero a pesar de lo mucho que duele, tengo paciencia y sé quiénes somos. Sé que esto es para siempre y que nos pertenecemos el uno al otro. Nuestro mundo está muy por encima de lo que todos conocen. La felicidad es esto, no hay nada más.
Desde luego que no había nada más. Ni la playa que pisábamos ni el mundo que solíamos conocer como ‘la realidad’. Nos habíamos trasladado a ese inexplicable estado espacial propio de nuestro AGmelismo. Experimentábamos ese pliego temporal que hilaba todos nuestros encuentros en una misma línea y convertía en inútil cualquier cálculo en base a relojes convencionales. Tal vez nos mantuviésemos físicamente sobre la arena, pero desde luego que nosotros no estábamos allí, aunque sí percibía los acordes de ‘One’ que venían del iPhone.
La noche que nos declaramos no sólo te encontré a ti, sino que empecé a encontrarme conmigo misma, con quien yo soy de verdad. ¿Recuerdas que soñé con tu abrazo y con el alivio que me has dado incluso antes de que todo esto sucediese?
Escuché atentamente mientras mis pulmones trabajaban por su cuenta, enchidos como nunca, y mis ojos achicaban agua en cada inevitable pestañeo. Teníamos las manos agarradas y por esa unión sentía circular nuestra energía. Tragué saliva y me preparé. Era mi turno.
– La gente se inventa dioses intangibles para darle sentido a sus vidas, para sentirse protegidos y combatir la soledad. Yo tengo todo eso en un ser tangible y maravilloso. Cada día nos sueño en algún lugar apartado del mundo, tú y yo disfrutándonos plenamente sin preocupaciones ni escondites, siendo simplemente felices. La noche que nos declaramos no sólo te encontré a ti, sino que empecé a encontrarme conmigo misma, con quien yo soy de verdad. ¿Recuerdas que soñé con tu abrazo y con el alivio que me has dado incluso antes de que todo esto sucediese? No comprendo cómo en ocasiones me obsesiono con detalles tontos o menudezas del plano físico a las que le doy demasiada importancia, porque lo que significas en mi vida va más allá de todo. El haberte encontrado ha supuesto un punto de inflexión brutal. Un volver a nacer, encontrar un sentido y superar todo aquello que no me dejaba vivir. Contigo es de otra forma. Contigo es perfecto. Yo, me, mí contigo, nunca lo olvides. Te diría un millón de tópicos y todos serían ciertos, porque lo que tú y yo tenemos es amor de verdad, del puro, del incondicional y eterno. Un amor que nadie más entiende porque sólo es nuestro, exclusivamente nuestro, del uno perfecto que somos. Gracias por estar ahí. Gracias por dejarme tenerte y quererme tener tú a mí. Gracias por dejarme quererte y quererme querer. Gracias por darme la mejor vida que haya podido imaginar nunca. Te quiero, Damián.
– Sí, quiero.
– Sí, quiero.
En lo que quedaba de realidad terrenal, la música de U2 volaba con el viento mientras que Damián y yo nos fundíamos en uno de esos abrazos infinitos en los que ni la ropa ni nuestras propias pieles eran capaces de actuar como normal barrera física. Perdida en sus brazos, hundida en su pecho, prescindimos de anillos, oficiantes y protocolos. Fuimos nosotros mismos el mejor testigo de una unión pura y eterna. Un matrimonio con validez legal en nuestro cielo particular. Por toda la vida. Por todas las vidas.