Fue la dama Beatriz
de los reinos colindantes
emperatriz,
quien, callada, reposando,
observó la quieta perdiz.
«Oh! Bella ave
de suave plumaje
y dulce aroma a barniz.
Dime,
¿te ha barnizado
aquel propietario
de la bala veloz
que te alcanzó?
¿O es que,
en vuelo
de terso ascenso
decidiste tú
así hacerlo?»
«Oh! Bella dama.
Tú que reposas
sobre dorada cama
de reyes y hadas…
Tú no sabes
cómo,
en tan terso vuelo,
el aire me acaricia
al son del lamento.
No podría cambiarlo
por quieto asiento,
ni por real aposento
de tu inmenso Reino.
Más por verte,
flor del campo,
dulce son
del arrumaco,
en lento vuelo,
a tu cuarto bajo.
No me preguntes, pues,
inocente, «cómo»,
pregúntame «por quién».
Y entonces
te respondo
con total sinceridad,
yo por ti me barnizo.
Yo contigo,
hasta la eternidad.»