En este ejercicio, contaba con 3 dados decorados con símbolos y un baúl de personajes dibujados, en prosa, por los compañeros del grupo de escritura. Me tocó escoger dos de ellos para mi relato, y mi elección fue a recaer en la mujer mayor que acababa de perder a su madre, y la soñadora a domicilio, un personaje que me fascinó y espero poder encontrarme más adelante. Los dados nos ofrecieron unas máscaras teatrales de binomio alegría/tristeza, una varita mágica con estrellas y un arco iris. Decidí usar los símbolos en ese orden y significar con ellos los tres puntos de mi relato: el problema inicial, la solución, la liberación.
– No sé, no sé si esto funcionará. Es todo muy raro.
– Es normal que tengas dudas, Teresa. Es algo que a todo el mundo le sucede. Solo lo haremos si tú estás de acuerdo, y si te sientes cómoda. Es esencial para el proceso. Las incertidumbres y los miedos pueden interferir en los resultados y llevarnos a escenarios no deseados.
– Entonces, ¿me pongo el casco, me echo a dormir y ya está?
– Sí… Bien, en realidad es más que eso. Hemos de enfocar tu viaje antes de que caigas en sueño lúcido. Por decirlo de alguna manera, para encontrar a tu madre debemos antes marcar las coordenadas que nos lleven a ella de una forma segura, como un GPS.
Teresa frunció el ceño y bajó la vista. Superada por la situación, se veía empujada a acceder a lo que, a priori, no sonaba sino como la mayor locura que jamás se había planteado. ¿Una soñadora a domicilio? ¿Era eso posible? Allí estaba Alma, sentada frente a ella, ofreciéndole un casco mágico con el que podría viajar a algún rincón de su mente donde reencontrarse con su madre. Después de largos años de cuidados, de vivir y desvivirse por ella, incluso de aguantar la dureza de sus palabras y actos en los últimos meses… la muerte vino para llevársela, de su lado y de su mente. Incluso de su corazón. La había perdido, en todos los sentidos. ¿Cómo era posible no sentir como real a la persona a la que había duchado, dado de comer, levantado y acostado, soportado y querido? Las fotos que decoraban la casa no eran más que eso: fotos. Imágenes de una mujer lejana, ajena a ella. Como la que rellena una cartera que acabas de comprar, o un marco de fotos por estrenar. Una desconocida.
– Vale. Vamos a hacerlo. No puedo soportar más vivir en este tiovivo emocional porque… – las palabras de Teresa se cortaron con el sonido de las llaves en la puerta. Un hombre moreno, delgado, con semblante triste, accedió a la casa. No se inmutó al encontrarse de frente a aquellas dos mujeres. Teresa, su casera. Y Alma, una mujer sosteniendo un casco lleno de cables con las manos. El silencio duró unos segundos. Los que el hombre tardó en cruzar el salón y el pasillo hasta refugiarse en la habitación del fondo.
Las dos mujeres se miraron. La invitada, buscando una explicación. La anfitriona, para indicar, como sin importancia:
– Es Amín, le alquilo una habitación. Casi nunca hablamos. Es musulmán, pero parece buena persona. Paga puntual y no hace ruido.
Superado ese extraño momento, Alma volvió a centrar la conversación:
– Me decías algo de un tiovivo emocional.
– Sí – prosiguió Teresa-. Vivo en un continuo de emociones extremas. La muerte de mi madre fue dolorosa pero me supuso, en el fondo, un gran alivio. Por fin tengo libertad, por fin puedo vivir. Pero por las noches me encuentro hundida, siento un vacío inmenso y un insoportable peso en el pecho.
– ¿La echas de menos, Teresa?
– Supongo que sí, pero no he podido llorarla. No puedo llorar por una mujer que a la que apenas puedo recordar. Sus imágenes se proyectan en mi cabeza como una película de ciencia ficción. La puedo ver con los ojos, pero no con el corazón. No puedo sentirla…
Una vez más, Teresa deseó tener lágrimas. El dolor del pecho volvía a apoderarse de ella y no encontraba escapatoria, ni origen, de una emoción cada vez más extraña. Volvió en sí:
– Hagámoslo ya, no puedo más – suplicó.
– ¿Te sientes preparada?
– Hagámoslo ya
– Bien -respondió Alma- empecemos.
Diez minutos más tarde, ya estaban en posición. La soñadora a domicilio, en la cama principal. Teresa, en la que durante los últimos años había ocupado su madre. Sendos cascos conectados por cables unían sus cabezas. Conectadas por los cables, realizaron varios ejercicios de respiración profunda guiada y meditación analítica, centrando la energía en el objetivo de aquella noche.
Teresa no tardó en caer en un sueño profundo. Cuando pudo ser consciente, el sueño lúcido le mostró un espacio blanco, vacío, infinito, pero cálido. Se sintió desconcertada y un tanto perdida. No obstante, la mano de Alma, que agarraba la suya, le otorgaba la necesaria seguridad como para ir avanzando. Caminaron lentamente. Teresa miraba a su guía de forma intermitente, buscando una confirmación de que aquello era lo correcto, de que el GPS les llevaba por buen camino. En un momento, su mirada se encontró con la de Alma quien, sonriendo satisfecha, le soltó la mano que tan cálidamente la había llevado a aquel punto. Teresa dudó. ¿Qué debía hacer ahora? La respuesta le llegó enseguida. Delante de ella, una mujer le daba la espalda sentada en una silla, con el cuerpo encogido, la cabeza cayendo sobre el hombro derecho. Se fijó en su pelo gris, en las viejas zapatillas de casa, en sus manos arrugadas, y en el anillo, ese anillo… Reconoció su bata de inmediato y ese olor a jabón de la Toja. Rodeó la silla hasta tenerla frente a ella y los ojos de ambas tomaron contacto. Se agachó, derrotada y puso su cabeza en el regazo. Las manos arrugadas acariciaron la cara de Teresa a ambos lados de la cabeza y, con un suave gesto, la elevaron. Se miraron de nuevo a los ojos y la anciana le sonrió, como nunca lo había hecho. Teresa, hecha lágrimas, acertó a hablar, para decir, en un sollozo:
– Mamá… Mamá… Mamá… … Me faltó despedirme de ti.
La anciana la miró, con las manos aún sujetas, una inusitada lucidez y una sonrisa de puro amor. Y un susurró…
– Teresa, cariño. De ti no me despido, porque te llevaré siempre conmigo.