No entendía aquella repentina, inexplicable e involuntaria fijación por las imágenes antiguas. Más allá de mi casi enfermiza nostalgia, no había razón alguna que diese respuesta a mi desaforado interés por viajar a aquellos escenarios del pasado, calles a medio construir, edificaciones ya inexistentes, aquellos rostros antiguos con sus extrañas vestimentas, algunos mirando a la cámara, otros sonriendo, otros totalmente ajenos a la escena y al flash que la inmortalizaba. Buscaba entre sus ojos una confirmación de que un tiempo atrás habían existido, habían pisado las calles que yo pisaba entonces; visto los paisajes que yo contemplaría muchos años después, ya transformados; una confirmación de que habían podido sentir las mismas alegrías, similares miedos, angustias variadas… Me gustaba ir al detalle de los carteles, de los solares donde ahora se levantaban edificios, monumentos; a las chimeneas que aún seguían en pie, aunque ya sin humo.
Y en ese bajar al detalle, en esa búsqueda de pistas, siempre me topaba con algún par de ojos, alguna mueca, alguien que se me antojaba fuera de lugar, como si no perteneciese a aquel tiempo. Con esa expresión seria, los ojos fijos en la cámara y por ende en quien ahora observaba la escena desde el otro lado. Es decir, yo misma. Se cruzaban las miradas. En esos encuentros, aquellos desconocidos se me antojaban sabedores de otras realidades, transmisores de un mensaje en blanco y negro, parecían hablarme, casi siempre enfadados. Intentaba escucharlos atentamente, con mis ojos clavados, con sus voces calladas. Por unos segundos mantenía una extraña conversación carente de contenido pero plena de sensaciones. Los percibía familiares, reales. No era su tiempo. Lo sentía. Y seguía mi viaje.
En ocasiones aprovechaba la devolución de libros en la biblioteca para perderme por sus pasillos, entre los lomos y títulos, en ese silencio solo interrumpido por el eco de las vocecillas de los lectores inmersos en sus lecturas. Algunos estudiando, otros leyendo, otros navegando por la red, y siempre alguno despistado, perezoso… Tras mucho tiempo lejos de la lectura, de repente la biblioteca volvía a ser un refugio para mí. Salía de casa ilusionada por mi destino. Nada más cruzar la puerta notaba un alivio de total familiaridad. Sonreía. De alguna manera, percibía como mágico todo aquel espacio repleto de historias, pensamientos, ideas y sabiduría recapitulada tras tantos y tantos años de existencia. Tantas vidas. Me preguntaba si de alguna manera podría haber escrito yo alguno de aquellos libros. O leído. No podía saberlo, pero la mera posibilidad, y mi convencimiento de ella, me hacían sonreír e incluso ilusionarme. Quizás alguno de esos rostros… ¿podía ser el mío? La idea me generaba cierta inquietud. Y apuntes para un guión de cine, quizás para otro libro. ¿Sería capaz de reconocerme si me encontraba en alguna de esas fotos antiguas? Entre mis teorías más firmes, existía una certeza en cuanto a Barcelona y la conexión que mantenía con ella. Los lugares familiares, mi amor desmesurado por la ciudad, la atracción vital, el sentirme en casa… Y el catalán, sobre todo el catalán. ¿Cómo era posible que lo hablase tan bien, que conociese aquellas palabras? Alguna especie de destreza innata, un don o similar parecían ser una buena explicación. Buena, pero no suficiente.
No era mi primera vida en Barcelona, y en poco tiempo lo iba a poder confirmar. Me tardaba el momento de hacer aquel viaje. El viaje definitivo, aquello para lo que me había estado preparando tantos años, tantas vidas. Fantaseaba, no sin inquietud, con aquello. Y mientras, pasaba la tarde abrazada por los sofás de la sala de lectura de la biblioteca Ramón Arranz de Poblenou, ojeando páginas en blanco y negro en busca del detalle, de las edificaciones aún no construidas, de los empedrados y carteles, del humo de las chimeneas, de aquellas gentes antiguas, para encontrarme con sus miradas. ¿Para encontrarme a mí?