Alter ego

Permíteme que dé un sorbo a mi botella de agua y enseguida te explico.

No, no estoy buscando el suspense, ni siquiera otorgarme notoriedad o provocar uno de esos silencios que generan urgencia. No es casual el sorbo de agua. Es, por el contrario, uno de los hechos más representativos de mi extraña vida. ¿Un sorbo de agua? Qué aburrido, ¿verdad? Si eso es lo más interesante que encontrarás en el relato de mi historia, ¿para qué perder el tiempo?, te preguntarás. Pues quizás porque no sabes los incontables sorbos que bebo al día, una media de 8 litros. Porque desconoces que vivo en una constante deshidratación que me arrastra a ello. Porque ni por asomo te imaginas el origen de este hecho y las peripecias que mi peculiar situación me ha llevado a vivir.

Leer más: Alter ego

Vivo en estado de tristeza permanente. A cada instante, echo de menos el instante precedente. Es así de doloroso: mantengo una incapacidad innata de disfrutar el momento. Y cuando lo consigo, caigo en la consciencia de que esa vivencia se convertirá más pronto o más tarde en un ayer o un ‘tiempo ha’. Y la tristeza me devora de nuevo. ‘Tengo mi tristeza siempre aquí, escondida poniéndose guapa’, que diría Iván. 

Lloro más de lo que sudo, lubrico, orino o salivo. Tengo el honor de poseer una de las glándulas lacrimales más desarrolladas de entre todos los registros conocidos y por conocer. Si te fijas bien, observarás su descomunal tamaño. Más pequeñas aún que un guisante, cierto, pero inmensas para la cavidad que mis ojos les han reservado. 

Me he autodiagnosticado cientos de veces. Quizás mi padre tenga algo que ver. Cuando era muy pequeña, encontraba entretenido hacerme llorar al poner sobre la mesa el hecho de la muerte.

– Un día creceré, me haré viejo y me moriré y ya no estaré más contigo…

Me decía apenado, haciendo teatrillo y escrutando mi rostro a la espera de reacción. En cuanto mostraba mi tristeza y asomaba la primera lágrima, rompía a reír y me decía: ‘Que no, que es broma…’ y entonces nos reíamos los dos. Él por morbosa diversión, yo por puro alivio.

Un juego macabro y un tanto cruel. Y no solo por encontrar entretenimiento en generar tristeza en una niña de tan corta edad, sino por hacerme creer que era broma, por hacer de la muerte una ilusión irreal. 

Unos pocos años después yo misma repetía el juego con mi hermana pequeña. 

– Se ha muerto Pipo- le decía, sosteniendo su osito favorito en mis manos y replicando el teatrillo de mi padre. Fiel a su guión original, en cuanto asomaba una primera lágrima a los ojos de la pequeña, contrarrestaba la emoción- ¡Que no, que es broma! – la abrazaba, y nos reíamos las dos. Ella de alivio, supongo. 

Sea por este hecho o por cualquier otro, incluso alguno indetectable, no hay mayor verdad en mi vida que la profunda nostalgia que arrastro, la tristeza que me invade y la sed que me provoca. Permíteme que dé otro sorbo.

Un día decidí, a lo Forrest Gump, echarme a llorar hasta hasta secarme. Dejé desfilar por mi mente, uno tras otro, los pensamientos nostálgicos más cualificados de mi archivo. Lo único que saqué en limpio de aquel fin de semana (tres días de ‘llora, Forrest, llora’) fue un inmenso dolor de cabeza y más ganas de llorar. Y entonces me rendí. Entendí que la lucha conmigo misma sería una batalla perdida. ¿Cómo negar parte de lo que soy? ¿Para qué curarme de la nostalgia si la acabaría echando de menos?


Foto destacada: Antoniette Biehlmeier (vía Pexels)