Me puse guapa. Me vestí con mis más inocentes esperanzas e infantiles ilusiones. Como pretendiendo que el tiempo hubiese perdido su entidad. Como doblegando el espacio sobre sí mismo. Como trazando el círculo inverso hacia aquel lejano punto ya casi imperceptible. Me veía bonita mientras depositaba sedosos pétalos rojos a la izquierda en mi pecho, sonriendo a sus delicadas cosquillas. Me abrazaba por dentro.
Me senté a esperar en aquel banco. Sentía, con gusto, mecerse mis pequeñas alas. Mis ojos fijos en el índice de mi mano derecha, donde cuidadosamente había anudado el hilo. Sujetaba esta con la izquierda, en mi regazo, ambos pies en el suelo, y sonreía. Volaron los pétalos con el primer tirón. Lo sentí en mi dedo, y mi mirada se fue a buscar el otro extremo. Un algo, una sombra, una silueta, una persona, una certeza, una ilusión, un error, una verdad… y todo se esfumó.
Ni banco, ni alas, ni hilo, ni siquiera suelo. Y un vacío que comenzaba a antojárseme eterno…